domingo, 5 de julio de 2026

El fin de la inocencia

La economía argentina: bienvenidos al fin de la inocencia

Diego Dequino

01/07/2026

(también en La Voz del Interior)

A los crédulos, les sugiero no leer esta columna.

El fin de la inocencia es ese momento en que dejamos de creer que el mundo funciona en base a nuestros deseos y expectativas, para descubrir una realidad más simple y mezquina.

Perder la inocencia, no significa perder la esperanza, pero sí descubrir en un instante que la recompensa obtenida es inferior al esfuerzo realizado.

La Argentina develada.

Los argentinos nos acostumbramos durante décadas a que luego de una crisis, sobreviene una recuperación económica fuerte que devuelve rápido el bienestar perdido. 

Nuestra tradición nos hizo creer que el sacrificio es transitorio, y que, una vez realizado, rápidamente aparece una recompensa más que proporcional.

Esta idea está profundamente instalada en nuestra cultura económica: solo se puede crecer luego de un ajuste, y ajustar automáticamente implica obtener beneficios superiores al esfuerzo realizado.

Pero estamos descubriendo que aunque el esfuerzo genera resultados, estos se consiguen en cantidad muy inferior respecto de lo esperado.

Al menos en cuanto a nuestro aprendizaje de los últimos cincuenta años.

La ilusión y la infancia.

Algunos de los datos oficiales sobre la evolución de la economía, ilusionan a diversos sectores de la sociedad. 

INDEC informó que la economía continuó creciendo durante el primer trimestre de 2026 (2,3%), aunque a la mitad del ritmo de crecimiento del año 2025 (4,5%), luego de una caída entre 2023-2024 (-3,3%).

La base fué por el crecimiento a buen ritmo de las exportaciones (+9,8%), por la energía y minería (+16%) con vaca muerta madurando y la agroindustria (+20%) surfeando una muy buena cosecha. El sector financiero (+9%) también se vuelve a meter entre los ganadores, aunque con menos bríos.

La inflación comenzó a amainar nuevamente, acercándose al valor del 2% mensual. 

Los salarios dejaron de perder y comienzan a mostrar una lenta recuperación (+3,7%).

El riesgo país volvió a descender, situándose en valores cercanos a los 450 ppb (4,5% arriba del bono americano estándar) devolviendo una mejor imagen al espejo financiero de la Argentina y poniendo, otra vez, al país en el borde del sector de la luz de los mercados internacionales. 

La cantidad de personas con trabajo aumentó en el orden de las quinientas mil, pero todas en actividades laborales informales.

Los datos de estimación, también de INDEC, para abril 2026 lucen similares aunque algo menos optimistas. 

Todos estos avances son concretos, medibles, desconocerlos es necio. 

Por lo tanto, la ilusión tiene bases para sostenerse.

Las dudas y la adolescencia.

El paso desde la infancia a la adolescencia es donde comenzamos a registrar un entorno mayor que sólo nuestros seres queridos y cercanos. 

La situación económica exige mirar fuera del círculo elegido y allí comienza a lucir algo ingenuo creer que aquellos indicadores, describen completamente la realidad que viven los argentinos, sus familias y sus empresas.

El consumo privado aparece creciendo (+2,7%), incluso por encima del producto.

Aunque buena parte de ese crecimiento se explica por gastos que las familias no pueden evitar: electricidad, gas, transporte, telefonía y otros servicios que hoy absorben una proporción creciente de los ingresos.

Las familias efectivamente gastan más, pero no necesariamente viven mejor.

El aumento fuerte en la morosidad de los créditos es la contracara de ello.

Y cuando se mira el consumo público, donde también hay personas, este sigue cayendo (-0,9%), entonces el promedio ya no es tan bueno.

Los cambios de precios relativos empujan cambios en los hábitos de consumo, obligando a quien gasta estirar cada peso y exigiendo a quien vende adaptarse al nuevo escenario.

El modelo de comercialización se modifica, el comercio electrónico se impone porque evita costos fijos y laborales.

Cambia el origen de las mercancías a favor de productos importados de muy bajo precio.

La productividad luce en descenso, porque se perdieron doscientos mil empleos formales que fueron compensados con empleos informales y de peor calidad.

Quienes se sumaron al mercado de trabajo son en general mujeres de 30 a 64 años, indicio que más personas salen a buscar ingresos adicionales dentro del hogar.

La inversión recibió poca atención, pero el dato indica que cayó -12% durante el primer trimestre de 2026. 

Sólo la inversión tiene capacidad para ampliar la producción futura, generar empleo formal y transmitir ese crecimiento al resto del tejido económico.

Como en la adolescencia, si no se estudia y se es aplicado, las cosas luego suelen ser más difíciles. Aunque muchos aprendemos tarde esa regla.

Las certezas y la adultez.

Hoy conviven dos fotografías aparentemente incompatibles: una macroeconomía que mejora y una percepción cotidiana que continúa siendo mezquina, austera y que nos deja dudas.

Les propongo que veamos a la economía argentina como un sujeto colectivo que está dejando las ilusiones de la infancia y las dudas de la adolescencia, para adentrarse en las certezas de la adultez.

Certezas que nos bajan a tierra, certezas que casi siempre nos ofrecen resultados mezquinos cuando los comparamos con nuestros ideales de la edad de la inocencia.

¿Esto significa fracasar? No, significa que debemos adaptarnos. Tratar de ser plenos y completos con lo conseguido y con aquello que la vida nos entrega.

En la economía es similar, porqué mientras hay buenas señales de indicadores macroeconómicos, una parte importante de la sociedad se siente frustrada porque llega con dificultad a fin de mes.

Algunos comercios cierran, los que trabajan siguen con niveles de actividad inferiores a los de hace varios años, la industria registra caídas y la construcción le cuesta salir de su recesión de dos años.

Las familias reorganizan permanentemente sus gastos y el consumo cotidiano continúa mostrando señales de debilidad.

Entre la inocencia de un relato grandioso en el que nos formamos y la realidad mezquina obtenida luego de todo el esfuerzo realizado; los argentinos no sólo estamos mirando de frente a una nueva economía, sino que estamos descubriendo una nueva relación entre expectativas y realidad.

Estamos comprendiendo que las transformaciones profundas rara vez producen resultados inmediatos y que los indicadores macroeconómicos, aunque imprescindibles, no alcanzan para describir la experiencia concreta de una sociedad.

Este asunto que enfrentamos no implica dejar de tener miedo, sino que debemos administrar nuestros temores y hacerlo de la mejor manera posible.

Bienvenidos al fin de la edad de la inocencia, igual que en la vida misma.


domingo, 26 de abril de 2026

Economía argentina, entre la épica y el hechizo

La economía argentina, entre Ulises y Hamelin

Diego Dequino

(también en La Voz)

22/4/2026

La coyuntura económica argentina atraviesa nuevamente un estrecho sendero, donde factores internos y externos tensionan el programa económico. 

El principal riesgo en el corto plazo no está exclusivamente dentro de nuestras fronteras, sino también en el escenario internacional por la posibilidad de que el conflicto en Medio Oriente escale y se prolongue en el tiempo.

Esta situación introduzco presión directa sobre los precios relativos, particularmente en energía y combustibles. 

El gobierno apostó fuertemente a una estrategia de control monetario para reducir la inflación, y eso ha tenido cierto efecto. Sin embargo, es evidente que no alcanza.

La inflación no logra perforar sostenidamente el 2% mensual, ya que existen otros componentes activos: inflación de costos, presión distributiva, inercia inflacionaria y desajustes en precios relativos que no se corrigen solo con disciplina monetaria.

El riesgo, entonces, es que la economía empiece a corregirse por la vía no deseada: enfriamiento de la actividad. Y ya se percibe un amesetamiento, con señales incipientes de caída en la economía interna. Si a esto se le suma un shock externo en energía, el margen de maniobra se reduce.

Expectativas y confianza

Mirando algo más allá de la macroeconomía, existe un elemento central que muchas veces se subestima, la confianza.

La economía capitalista funciona, en esencia, sobre expectativas. Si la confianza se deteriora, el sistema entero pierde dinamismo, y la Argentina tiene un problema estructural en ese plano.

Cuando observamos la mirada de los mercados internacionales, la Argentina como economía general, debemos ser sinceros y saber que hoy solo está en el radar de inversión en extractivas ligadas al régimen de incentivos a grandes inversiones (RIGI), porque ofrece garantías jurídicas específicas y previsibilidad de largo plazo. 

Fuera de ese esquema, no hay una propuesta país consistente que convoque capital.

En el plano doméstico ocurre algo similar. El gobierno intenta impulsar el consumo apelando a que la gente gaste o incluso “queme” ahorro. Pero ese mecanismo no está funcionando.

No se observa un proceso masivo de movilización de ahorros hacia consumo o inversión, porque la gente no toma decisiones económicas relevantes en contextos de incertidumbre.

Salarios, consumo y ahorro

También se advierte un deterioro real en los ingresos. Si comparamos enero de 2025 con febrero de 2026, los salarios públicos y privados se ubican ya entre un 4% por debajo en términos reales. A su vez están considerablemente por debajo de los de 2017 o 2018 (-20%). En el sector público, la caída es aún más pronunciada (-30%). 

En el caso de trabajadores informales que incluye sin registro y cuentapropistas, si bien hubo una recuperación más rápida durante 2024 y 2025, porque venían de niveles extremadamente deprimidos de poder adquisitivo, también allí se observa un punto de inflexión hacia mediados del año pasado cuando esos ingresos parecen haber alcanzado un techo. 

No obstante los trabajadores informales en términos de poder adquisitivo están por debajo de los trabajadores registrados, lo cual impacta directamente en el consumo agregado y explica parte del estancamiento actual.

El salario no es solamente una variable distributiva, también explica en parte a la demanda agregada (consumo, ahorro e inversión).

Cuando el ingreso pierde poder adquisitivo, el consumo se retrae, la actividad se enfría y la recaudación fiscal empieza a resentirse. Si el ahorro cae, se restringe la inversión.

El problema no es solo técnico, sino también político y de expectativas. Sin un horizonte claro que reconstruya la confianza, es difícil que el programa económico logre consolidarse.

Dólar, competitividad y derrame

El modelo no apuesta al mercado interno como motor de crecimiento, sino que se apoya en exportaciones, con eventual atracción de inversiones externas.

Este enfoque tiene fundamentos teóricos y también ventajas estructurales en un país como Argentina, que cuenta con sectores altamente competitivos, como el agro, la energía o la minería, capaces de generar divisas. 

Pero los derrames sobre el resto de la economía es algo diferente.

El inconveniente no es tanto el enfoque en sí, sino la ausencia de un mecanismo de transmisión hacia el conjunto del sistema económico.

Sin una dinámica que articule esas rentas con el mercado interno, el crecimiento queda en el corto y mediano plazo encapsulado en sectores específicos y no logra convertirse en un proceso expansivo generalizado.

La excepción es el agro, que a lo largo de 150 años, ha desarrollado y consolidado mecanismos institucionales, culturales, geográficos y económicos para transmitir el bienestar en sus comunidades.

Dólar, ¿guardar o gastar?

El dólar, más allá de cualquier consideración ideológica, sigue siendo el principal activo de resguardo de valor para la mayoría de la población.

Cuando se interviene sobre su precio de manera sostenida, en los hechos, se produce una licuación del valor de esos activos.

Este punto es central para entender por qué no se logra activar la inversión ni el consumo.

Si los ahorros pierden valor en términos relativos, los agentes económicos tienden a retraerse, a preservar liquidez o a postergar decisiones.

Ulises o Hamelin

La economía argentina parece, otra vez, ingresar en un drama existencial aunque aún no es una crisis abierta.

La Odisea argentina es la terquedad de un pueblo que sigue navegando tormentas que él mismo suele provocar, esperando el definitivo regreso a la normalidad.

Los riesgos son visibles, alejarse de la ética de Ulises atado al mástil en su retorno a casa (Itaca), disciplina y sacrificio racional, puede conducirnos a ingresar en un terreno puramente místico o espiritual.

La mística no es mala si se basa en la fe del Santo que apoya la marcha ascendente donde el dolor del presente es el Juicio Final.

Purgar décadas de pecados económicos, tienen sentido si la meta es la salvación, o la estabilidad definitiva.

Pero si la mística se basa en el hechizo, el riesgo es seguir una música de encantamiento peligroso que conduzca una marcha descendente hacia un vacío desconocido, mientras el ensoñamiento se apodera de la sociedad.


lunes, 20 de abril de 2026

Crecimiento y derrame

Crecimiento, derrame y una pregunta incómoda: ¿para quién?

Diego Dequino

16/04/2026

(también en La Voz del Interior)

En los últimos días volvieron a instalarse con fuerza algunas definiciones del Ministro de Economía “a partir de abril habría desinflación y crecimiento, sin trade-off”. Es decir, lo mejor de los dos mundos. Desde lo deseable, ojalá tenga razón. Nadie puede oponerse a una economía que prospere.

Ahora bien, el punto no es el deseo, sino el análisis. Y allí aparecen algunas inconsistencias que conviene poner sobre la mesa.

Porque un cálculo es que la economía crezca en términos agregados, pero otro distinto es que ese crecimiento alcance a todos los argentinos.

En este punto hay que ser prudentes. Es como si al integrante de una familia le comienza a ir muy bien en términos de ingresos, pero si ello no se comparte entre todos sus miembros no significa que esa familia esté mejor. Desde afuera, los vecinos dirán “a esa familia le va muy bien”. Pero la pregunta relevante es: ¿a quién dentro de esa familia le va bien?

Entonces queremos llamar la atención sobre un tema poco tratado en el último tiempo, los mecanismos de distribución.

Actualmente se observa un Estado que intenta retirarse parcialmente del cobro de impuesto, es decir, reduce su capacidad de capturar renta. Pero al mismo tiempo no modifica ni profundiza los mecanismos de redistribución existentes. Estos mecanismos son conocidos: jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares, asignaciones por hijo, sistema de salud pública, educación pública y subsidiada, etc. Al momento poco de eso fue reconfigurado para mejorar la llegada a del ingreso a cada argentino. 

La excepción fueron los cambios en los llamados programas sociales quitando a las organizaciones sociales de su intermediación, y algunos pocos cambios en materia de promoción del empleo incluidos en la recientemente aprobada ley de modernización laboral, pero luce lejos de producir impactos inmediatos.

Entonces, ¿qué queda como mecanismo de aseguramiento de la distribución de la renta? Queda el mercado, ya que el gobierno básicamente apela a políticas pasivas. En otros términos, el planteo conceptual que se propone se acerca bastante a la llamada teoría del derrame, donde el crecimiento de algunos sectores eventualmente “caerá o derramará” sobre el resto por el solo hecho de rebalsar sus propios límites de bienestar y acumulación.

El asunto es que el derrame no es automático ni universal. Depende de la estructura económica, social y jurídica sobre la cual se apoya.

Si uno piensa, por ejemplo, en la pampa húmeda, sí hay mecanismos de derrame relativamente consolidados. No por diseño reciente, sino por 150 años de construcción productiva, social, cultural e institucional. El ingreso eventualmente extraordinario que genera el campo y su cadena de valor circula al pasar por contratistas, proveedores, comercios locales, servicios, clubes, colegios y todo tipo de instituciones. Hay una red densa de vínculos económicos y sociales que permite que ese excedente se redistribuya, fundamentalmente porque quienes detentan el principal original de la propiedad de esa renta, desarrollan sus proyectos de vida de largo plazo en esas comunidades.

Ahora bien, la gran apuesta del gobierno hoy no está en ese tipo de economía. Está en el esquema del RIGI, orientado principalmente a actividades extractivas. Y all cambia la lógica.

En la economía extractiva, la renta es circunscrita y delimitada geográficamente, no se puede expandir la frontera productiva por mero esfuerzo e inversión. El recurso está ahí, independientemente de lo que hagamos. No es resultado de un entramado productivo complejo ni de una red social densa, combinado con condiciones naturales más o menos favorables. Adicionalmente, en general en las actividades la población no se asienta de forma permanente en su ámbito, las personas van, trabajan por un tiempo y luego cambian su localización o directamente se retiran en otra región.

Entonces, la pregunta clave es: ¿qué mecanismo de derrame real existe desde esas actividades hacia el resto de la economía?

Lo que hay, en el mejor de los casos, es una cadena de valor acotada y temporal: servicios asociados, logística, algo de empleo directo e indirecto. Pero ello tiene un techo y una duración limitada al tiempo de duración del yacimiento (20 o 30 años promedio).

A esto se suma un elemento poco visibilizado, el propio diseño del RIGI permite que a partir de cierto momento (ej. tercer año de la inversión), las empresas pueden elegir no liquidar la totalidad de las divisas en el país. Es decir, los dólares pueden no ingresar plenamente al circuito económico local. 

De manera real, ingresarán los dólares suficientes para atender los costos de operación, pero las rentas extraordinarias no tienen un incentivo ni jurídico ni social conocido por el cuál se estimule su reinversión en la propia o incluso en el país. La excepción sería YPF, por ser una empresa cuya conducción es nacional, es decir de personas que tienen sus proyectos de vida en la Argentina.

Entonces se configura una situación compleja: la principal fuente de crecimiento proyectada tiene mecanismos de redistribución débiles, temporales y, en algunos casos, incluso desvinculados del territorio.

Por eso, la narrativa de un “derrame” generalizado resulta, al menos, incompleta.

Argentina tiene antecedentes de políticas que sí generaron procesos de irradiación económica más amplios.

La industria automotriz en Córdoba, es quizá el caso más emblemático. En ese momento, como ahora, hubo decisión política, incentivos; pero también hubo generación de tejido productivo, empleo estable y una clase trabajadora que se integró al proceso. Ese tipo de desarrollo es distinto al extractivo.

Por eso, la discusión no debería centrarse solamente en si la economía crecerá o no. La pregunta más incómoda, pero más relevante, es otra. Si la economía crece tal como se predice, ¿para quién crece?


martes, 31 de marzo de 2026

Argentina y el crecimiento que se ralentiza

La economía argentina a medio motor

Por Diego Dequino

27/3/2026

Argentina atraviesa, una vez más, un momento en el que la discusión pública está dominada por variables financieras: el dólar, el riesgo país, las tensiones cambiarias o los movimientos preelectorales. Sin embargo, esa conversación, necesaria pero insuficiente, suele dejar fuera del foco a la economía real.

Al observar con cierto detenimiento algunos indicadores básicos, el diagnóstico se vuelve relativamente nítido. Los salarios, por ejemplo, dejaron de recuperarse hacia marzo del año pasado, luego de un rebote inicial posterior al shock inflacionario de fines de 2023. Desde entonces, primero se estancaron y luego comenzaron a deslizarse nuevamente a la baja. Hoy, en términos reales, los ingresos de los trabajadores formales están -2% o -3% por debajo de los niveles de hace un año, y considerablemente por debajo de los de 2017 o 2018 (-20%). En el sector público, la caída es aún más pronunciada (-30%).

El salario recordemos no es solamente una variable distributiva, también explica en parte a la demanda agregada (consumo, ahorro e inversión). Cuando el ingreso pierde poder adquisitivo, el consumo se retrae, la actividad se enfría y la recaudación fiscal empieza a resentirse. A su vez, al caer el ahorro se restringe la inversión.

En el caso del segmento informal que incluye trabajadores sin registro y cuentapropistas, tuvo una recuperación más rápida durante 2024 y parte de 2025, en gran medida porque venía de niveles extremadamente deprimidos de poder adquisitivo.

Sin embargo, también allí se observa un punto de inflexión hacia mediados del año pasado cuando los ingresos alcanzaron un techo. Desde entonces es probable que haya comenzado un leve deterioro, aunque es prematuro afirmarlo porque las estadísticas en este caso tienen un rezago adicional de 6 meses. Este dato cobra relevancia adicional al tratarse del sector de la población que según los analistas es quien ha sostenido gran parte del apoyo político al actual esquema económico.

En estos términos, el modelo no apuesta al mercado interno como motor de crecimiento. Por el contrario, se apoya en exportaciones y eventual atracción de inversiones externas. Este enfoque tiene fundamentos teóricos y también ventajas estructurales en un país como Argentina, que cuenta con sectores altamente competitivos, como el agro, la energía o la minería, capaces de generar divisas. 

Los derrames sobre el resto de la economía es algo diferente. El inconveniente no es tanto el enfoque en sí, sino la ausencia de un mecanismo de transmisión hacia el conjunto del sistema económico.

Sin una dinámica que articule esas rentas con el mercado interno, el crecimiento queda encapsulado en sectores específicos y no logra convertirse en un proceso expansivo generalizado. La excepción es el agro ya que posee mecanismos institucionales, culturales, geográficos y económicos para transmitir el bienestar en su comunidades. Estos son mecanismos desarrollados y consolidados a lo largo de 150 años de historia de nuestro país.

En este cuadro de situación debemos agregar que el atraso relativo del tipo de cambio, respecto del resto de los precios de la economía, no solo impacta sobre la competitividad externa, sino que también afecta directamente la estructura de incentivos del ahorro en la Argentina. El dólar, más allá de cualquier consideración ideológica, sigue siendo el principal activo de resguardo de valor para la mayoría de la población. Cuando se interviene sobre su precio de manera sostenida, lo que en los hechos se produce es una licuación del valor de esos activos.

Este punto es central para entender por qué no se logra activar la inversión ni el consumo. Si los ahorros pierden valor en términos relativos, los agentes económicos tienden a retraerse, a preservar liquidez o a postergar decisiones. En definitiva estamos ante un problema de expectativas y de confianza en la consistencia del esquema.

La historia económica argentina ofrece algunas claves útiles para pensar este presente. Tanto en la etapa de la convertibilidad como en los primeros años posteriores a su salida, hubo elementos que permitieron sostener períodos de crecimiento relativamente prolongados.

En un caso, la recomposición de infraestructura y la participación del capital privado; en el otro, una combinación de tipo de cambio competitivo, superávit fiscal y acumulación de reservas que habilitó una fuerte expansión del mercado interno.

No se trata de replicar mecánicamente esos procesos, sino de identificar los factores que permitieron que la economía “encendiera”.

Pero en ambos casos hubo  un elemento común ligado a un circuito que conectaba las variables macroeconómicas con la vida cotidiana de la población, ya sea a través del empleo, el salario o el ahorro/inversión.

Hoy, ese circuito no aparece con claridad. La política económica parece moverse en un plano más abstracto, donde la consistencia teórica no siempre encuentra correlato en la realidad productiva y social.

Es lo que podría llamarse, sin exagerar, un modelo de “pizarrón”: una construcción conceptual que no logra traducirse en un funcionamiento orgánico del sistema económico.

En este marco, la pregunta central ya no es si la economía se está estabilizando, sino si existe un horizonte de crecimiento sostenido. Y la respuesta, al menos por ahora, es incierta.

Sin recomposición del ingreso, sin un mercado interno dinámico y sin un esquema de incentivos que movilice al ahorro hacia la inversión, resulta difícil imaginar que la economía argentina pueda encender una “llama” que permita sostener el crecimiento.


lunes, 16 de marzo de 2026

Las incógnitas del programa económico

 Las anclas de la inflación y la economía real: las incógnitas del programa económico

Por Diego Dequino

13/03/2026

(también en diario Perfil Córdoba)

El último dato de inflación nacional de 2,9% mensual resultó levemente más alto del esperado por el el mercado. Las estimaciones privadas preveían valores del 2,5% al 2,7%, y si bien el Gobierno no había anticipado públicamente un número preciso, todo indicaba que esperaba un registro algo más bajo. 

En ese contexto, el dato de febrero no constituye una buena noticia dentro de la expectativa que el propio programa económico está construyendo, especialmente cuando se considera el objetivo declarado de lograr una inflación mensual por debajo del 1% hacia agosto.

Durante marzo se incorporan nuevos factores adicionales que podrían presionar los precios, en particular las tensiones internacionales en Medio Oriente y el impacto sobre el mercado energético global. 

Al margen de los factores externos, conviene también analizar qué está ocurriendo dentro de la economía argentina. 

El Gobierno ha utilizado varias herramientas para contener la inflación. La primera, y más consistente, es el ordenamiento monetario. El saneamiento paulatino del balance del Banco Central, la reducción en la emisión monetaria y la convergencia con el superávit fiscal primario. Este aspecto constituye, sin dudas, uno de los pilares más sólidos del programa.

Pero junto al ancla monetaria se han utilizado otras tres herramientas cuya sostenibilidad tiene interrogantes.

El ancla cambiaria

Existe una percepción extendida en la sociedad de que el dólar se encuentra retrasado respecto de los precios de la economía. El Gobierno apuesta a que la oferta futura de divisas permita sostener ese esquema, particularmente a partir del sector energético, minero y agropecuario.

Sin embargo, la Argentina social y políticamente no posee la tradición institucional y política donde las rentas extraordinarias pueden redistribuirse socialmente, a lo largo de décadas sin fisuras en la discusión colectiva, como ocurre por ejemplo en las economías árabes. 

Los dólares extraordinarios que ingresen se distribuirán entre las empresas energéticas, el sector agropecuario y el propio Estado, pero no necesariamente entre el conjunto de la población.

Si bien el complejo agropecuario posee sus propios mecanismos sociales, culturales e institucionales históricos de solidarización de la renta agropecuaria entre las comunidades de cercanía de su producción y manufactura, no se visualiza aún algo similar con el complejo energético.

Especialmente si consideramos que el régimen de inversiones que ampara gran parte de ellas (RIGI), permite liquidar las rentas en dólares en el exterior junto con la reducción significativa permanente del impuesto a las ganancias.

El ancla salarial

El techo del 1% mensual a las paritarias contribuyó al retraso del poder adquisitivo. Los salarios luego de una recuperación rápida del castigo extremo por los índices altísimos de inflación del primer semestre de 2024, comenzaron a rezagarse en términos reales.

Este es un fenómeno palpable en la realidad de cada familia argentina e impacta en las estadísticas de consumo. La presión social por la recomposición salarial persistirá, en tanto la tradición política argentina con rasgos populares y clase-media se sostenga. 

Ello introduce una tensión adicional al programa antiinflacionario.

El ancla financiera interna

El Gobierno ha decidido limitar el pago de intereses de la deuda de corto y muy corto plazo, cuyos vencimientos son dentro del año. El motivo es limitar la expansión monetaria asociada al financiamiento interno. Pero la consecuencia es secar la plaza local en pesos, quitando opciones de gasto o inversión a los inversores locales. 

En la primera etapa del programa, esta estrategia contribuyó a estabilizar variables. Pero en una segunda fase comienza a tener efectos contractivos, al quitar liquidez del sistema pero sin otorgar opciones reales de inversión o gasto.

Cada vez que el Tesoro renueva quincenalmente montos importantes de deuda en pesos del orden de los diez billones de pesos, los interés no se monetizan y se vuelve a acumular como nueva deuda. 

Ello sirve para mantener a raya el déficit financiero del Tesoro, pero también una plaza financiera más seca y una economía con menos palanca para operar.

La economía real

Emerge como discusión si la reducción de la inflación se está logrando a costa de una recesión económica. 

Es decir, si la Argentina se encuentra en un trampa de estanflación: estancamiento económico con inflación alta persistente. 

El riesgo ya no es solamente una recesión económica general, sino que pueden agregarse depresiones sectoriales que produzcan una marcada asimetría dentro del colectivo económico.

Un ejemplo claro es el sector textil y de calzado. En el índice de inflación de febrero esos rubros registraron variación cero. En algunas regiones incluso hubo deflación. No obstante, el sector está operando con niveles de utilización de capacidad instalada del 30%, produce un tercio de lo que podría producir. Empresas que cierran, trabajadores despedidos y una demanda que comienza a ser abastecida crecientemente por importaciones.

En ese contexto, hablar solamente de recesión resulta insuficiente. Cuando un sector reduce su escala de producción de manera estructural, el riesgo es convertirse en un nicho marginal de la economía o directamente desaparecer.

El Gobierno sostiene que este proceso forma parte de un reordenamiento estructural y que algunos sectores dejarán de ser viables. Puede ser una hipótesis posible. Pero la experiencia histórica invita a cierta prudencia.

En la década de los noventa se tomó una decisión similar con el sistema ferroviario —el famoso “ramal que para, ramal que cierra”— y décadas después buena parte de la sociedad reconoce que aquella política fue un error porque la Argentina se quedó sin sistema ferroviario y sin chances visibles de volver a tenerlo.

La economía no se reconstruye automáticamente después de destruir sectores productivos. La teoría puede sugerir que nuevos sectores surgirán para reemplazarlos, pero la historia muestra que esos procesos suelen ser mucho más complejos y costosos socialmente.

El debate actual no debería limitarse a la inflación. También hay que preguntarse qué tipo de estructura productiva quedará después del proceso de estabilización. Y en esa discusión, la economía real, las empresas, los trabajadores y los sectores productivos, no pueden ni deben quedar fuera del análisis.