domingo, 26 de abril de 2026

Economía argentina, entre la épica y el hechizo

La economía argentina, entre Ulises y Hamelin

Diego Dequino

(también en La Voz)

22/4/2026

La coyuntura económica argentina atraviesa nuevamente un estrecho sendero, donde factores internos y externos tensionan el programa económico. 

El principal riesgo en el corto plazo no está exclusivamente dentro de nuestras fronteras, sino también en el escenario internacional por la posibilidad de que el conflicto en Medio Oriente escale y se prolongue en el tiempo.

Esta situación introduzco presión directa sobre los precios relativos, particularmente en energía y combustibles. 

El gobierno apostó fuertemente a una estrategia de control monetario para reducir la inflación, y eso ha tenido cierto efecto. Sin embargo, es evidente que no alcanza.

La inflación no logra perforar sostenidamente el 2% mensual, ya que existen otros componentes activos: inflación de costos, presión distributiva, inercia inflacionaria y desajustes en precios relativos que no se corrigen solo con disciplina monetaria.

El riesgo, entonces, es que la economía empiece a corregirse por la vía no deseada: enfriamiento de la actividad. Y ya se percibe un amesetamiento, con señales incipientes de caída en la economía interna. Si a esto se le suma un shock externo en energía, el margen de maniobra se reduce.

Expectativas y confianza

Mirando algo más allá de la macroeconomía, existe un elemento central que muchas veces se subestima, la confianza.

La economía capitalista funciona, en esencia, sobre expectativas. Si la confianza se deteriora, el sistema entero pierde dinamismo, y la Argentina tiene un problema estructural en ese plano.

Cuando observamos la mirada de los mercados internacionales, la Argentina como economía general, debemos ser sinceros y saber que hoy solo está en el radar de inversión en extractivas ligadas al régimen de incentivos a grandes inversiones (RIGI), porque ofrece garantías jurídicas específicas y previsibilidad de largo plazo. 

Fuera de ese esquema, no hay una propuesta país consistente que convoque capital.

En el plano doméstico ocurre algo similar. El gobierno intenta impulsar el consumo apelando a que la gente gaste o incluso “queme” ahorro. Pero ese mecanismo no está funcionando.

No se observa un proceso masivo de movilización de ahorros hacia consumo o inversión, porque la gente no toma decisiones económicas relevantes en contextos de incertidumbre.

Salarios, consumo y ahorro

También se advierte un deterioro real en los ingresos. Si comparamos enero de 2025 con febrero de 2026, los salarios públicos y privados se ubican ya entre un 4% por debajo en términos reales. A su vez están considerablemente por debajo de los de 2017 o 2018 (-20%). En el sector público, la caída es aún más pronunciada (-30%). 

En el caso de trabajadores informales que incluye sin registro y cuentapropistas, si bien hubo una recuperación más rápida durante 2024 y 2025, porque venían de niveles extremadamente deprimidos de poder adquisitivo, también allí se observa un punto de inflexión hacia mediados del año pasado cuando esos ingresos parecen haber alcanzado un techo. 

No obstante los trabajadores informales en términos de poder adquisitivo están por debajo de los trabajadores registrados, lo cual impacta directamente en el consumo agregado y explica parte del estancamiento actual.

El salario no es solamente una variable distributiva, también explica en parte a la demanda agregada (consumo, ahorro e inversión).

Cuando el ingreso pierde poder adquisitivo, el consumo se retrae, la actividad se enfría y la recaudación fiscal empieza a resentirse. Si el ahorro cae, se restringe la inversión.

El problema no es solo técnico, sino también político y de expectativas. Sin un horizonte claro que reconstruya la confianza, es difícil que el programa económico logre consolidarse.

Dólar, competitividad y derrame

El modelo no apuesta al mercado interno como motor de crecimiento, sino que se apoya en exportaciones, con eventual atracción de inversiones externas.

Este enfoque tiene fundamentos teóricos y también ventajas estructurales en un país como Argentina, que cuenta con sectores altamente competitivos, como el agro, la energía o la minería, capaces de generar divisas. 

Pero los derrames sobre el resto de la economía es algo diferente.

El inconveniente no es tanto el enfoque en sí, sino la ausencia de un mecanismo de transmisión hacia el conjunto del sistema económico.

Sin una dinámica que articule esas rentas con el mercado interno, el crecimiento queda en el corto y mediano plazo encapsulado en sectores específicos y no logra convertirse en un proceso expansivo generalizado.

La excepción es el agro, que a lo largo de 150 años, ha desarrollado y consolidado mecanismos institucionales, culturales, geográficos y económicos para transmitir el bienestar en sus comunidades.

Dólar, ¿guardar o gastar?

El dólar, más allá de cualquier consideración ideológica, sigue siendo el principal activo de resguardo de valor para la mayoría de la población.

Cuando se interviene sobre su precio de manera sostenida, en los hechos, se produce una licuación del valor de esos activos.

Este punto es central para entender por qué no se logra activar la inversión ni el consumo.

Si los ahorros pierden valor en términos relativos, los agentes económicos tienden a retraerse, a preservar liquidez o a postergar decisiones.

Ulises o Hamelin

La economía argentina parece, otra vez, ingresar en un drama existencial aunque aún no es una crisis abierta.

La Odisea argentina es la terquedad de un pueblo que sigue navegando tormentas que él mismo suele provocar, esperando el definitivo regreso a la normalidad.

Los riesgos son visibles, alejarse de la ética de Ulises atado al mástil en su retorno a casa (Itaca), disciplina y sacrificio racional, puede conducirnos a ingresar en un terreno puramente místico o espiritual.

La mística no es mala si se basa en la fe del Santo que apoya la marcha ascendente donde el dolor del presente es el Juicio Final.

Purgar décadas de pecados económicos, tienen sentido si la meta es la salvación, o la estabilidad definitiva.

Pero si la mística se basa en el hechizo, el riesgo es seguir una música de encantamiento peligroso que conduzca una marcha descendente hacia un vacío desconocido, mientras el ensoñamiento se apodera de la sociedad.


lunes, 20 de abril de 2026

Crecimiento y derrame

Crecimiento, derrame y una pregunta incómoda: ¿para quién?

Diego Dequino

16/04/2026

(también en La Voz del Interior)

En los últimos días volvieron a instalarse con fuerza algunas definiciones del Ministro de Economía “a partir de abril habría desinflación y crecimiento, sin trade-off”. Es decir, lo mejor de los dos mundos. Desde lo deseable, ojalá tenga razón. Nadie puede oponerse a una economía que prospere.

Ahora bien, el punto no es el deseo, sino el análisis. Y allí aparecen algunas inconsistencias que conviene poner sobre la mesa.

Porque un cálculo es que la economía crezca en términos agregados, pero otro distinto es que ese crecimiento alcance a todos los argentinos.

En este punto hay que ser prudentes. Es como si al integrante de una familia le comienza a ir muy bien en términos de ingresos, pero si ello no se comparte entre todos sus miembros no significa que esa familia esté mejor. Desde afuera, los vecinos dirán “a esa familia le va muy bien”. Pero la pregunta relevante es: ¿a quién dentro de esa familia le va bien?

Entonces queremos llamar la atención sobre un tema poco tratado en el último tiempo, los mecanismos de distribución.

Actualmente se observa un Estado que intenta retirarse parcialmente del cobro de impuesto, es decir, reduce su capacidad de capturar renta. Pero al mismo tiempo no modifica ni profundiza los mecanismos de redistribución existentes. Estos mecanismos son conocidos: jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares, asignaciones por hijo, sistema de salud pública, educación pública y subsidiada, etc. Al momento poco de eso fue reconfigurado para mejorar la llegada a del ingreso a cada argentino. 

La excepción fueron los cambios en los llamados programas sociales quitando a las organizaciones sociales de su intermediación, y algunos pocos cambios en materia de promoción del empleo incluidos en la recientemente aprobada ley de modernización laboral, pero luce lejos de producir impactos inmediatos.

Entonces, ¿qué queda como mecanismo de aseguramiento de la distribución de la renta? Queda el mercado, ya que el gobierno básicamente apela a políticas pasivas. En otros términos, el planteo conceptual que se propone se acerca bastante a la llamada teoría del derrame, donde el crecimiento de algunos sectores eventualmente “caerá o derramará” sobre el resto por el solo hecho de rebalsar sus propios límites de bienestar y acumulación.

El asunto es que el derrame no es automático ni universal. Depende de la estructura económica, social y jurídica sobre la cual se apoya.

Si uno piensa, por ejemplo, en la pampa húmeda, sí hay mecanismos de derrame relativamente consolidados. No por diseño reciente, sino por 150 años de construcción productiva, social, cultural e institucional. El ingreso eventualmente extraordinario que genera el campo y su cadena de valor circula al pasar por contratistas, proveedores, comercios locales, servicios, clubes, colegios y todo tipo de instituciones. Hay una red densa de vínculos económicos y sociales que permite que ese excedente se redistribuya, fundamentalmente porque quienes detentan el principal original de la propiedad de esa renta, desarrollan sus proyectos de vida de largo plazo en esas comunidades.

Ahora bien, la gran apuesta del gobierno hoy no está en ese tipo de economía. Está en el esquema del RIGI, orientado principalmente a actividades extractivas. Y all cambia la lógica.

En la economía extractiva, la renta es circunscrita y delimitada geográficamente, no se puede expandir la frontera productiva por mero esfuerzo e inversión. El recurso está ahí, independientemente de lo que hagamos. No es resultado de un entramado productivo complejo ni de una red social densa, combinado con condiciones naturales más o menos favorables. Adicionalmente, en general en las actividades la población no se asienta de forma permanente en su ámbito, las personas van, trabajan por un tiempo y luego cambian su localización o directamente se retiran en otra región.

Entonces, la pregunta clave es: ¿qué mecanismo de derrame real existe desde esas actividades hacia el resto de la economía?

Lo que hay, en el mejor de los casos, es una cadena de valor acotada y temporal: servicios asociados, logística, algo de empleo directo e indirecto. Pero ello tiene un techo y una duración limitada al tiempo de duración del yacimiento (20 o 30 años promedio).

A esto se suma un elemento poco visibilizado, el propio diseño del RIGI permite que a partir de cierto momento (ej. tercer año de la inversión), las empresas pueden elegir no liquidar la totalidad de las divisas en el país. Es decir, los dólares pueden no ingresar plenamente al circuito económico local. 

De manera real, ingresarán los dólares suficientes para atender los costos de operación, pero las rentas extraordinarias no tienen un incentivo ni jurídico ni social conocido por el cuál se estimule su reinversión en la propia o incluso en el país. La excepción sería YPF, por ser una empresa cuya conducción es nacional, es decir de personas que tienen sus proyectos de vida en la Argentina.

Entonces se configura una situación compleja: la principal fuente de crecimiento proyectada tiene mecanismos de redistribución débiles, temporales y, en algunos casos, incluso desvinculados del territorio.

Por eso, la narrativa de un “derrame” generalizado resulta, al menos, incompleta.

Argentina tiene antecedentes de políticas que sí generaron procesos de irradiación económica más amplios.

La industria automotriz en Córdoba, es quizá el caso más emblemático. En ese momento, como ahora, hubo decisión política, incentivos; pero también hubo generación de tejido productivo, empleo estable y una clase trabajadora que se integró al proceso. Ese tipo de desarrollo es distinto al extractivo.

Por eso, la discusión no debería centrarse solamente en si la economía crecerá o no. La pregunta más incómoda, pero más relevante, es otra. Si la economía crece tal como se predice, ¿para quién crece?